Esa maldita enfermedad a la que llamamos prisa…esa maldito remedio al que llamamos tiempo…

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Preparamos de forma minuciosa el viaje de nuestra vida. Los documentos en regla, DNI y/o pasaporte y quizás los más previsores, hagamos listas de esas que no se escriben, pero de las que cada noche repasamos antes, de cederle parte de nuestra voluntad al sueño. Calculamos los gastos, comparamos de forma casi compulsiva y elegimos la compañía justa y necesaria para compartir cada acontecimiento. No vale cualquier compañía, entonces los amaneceres no simbolizarían el comienzo de  segundas oportunidades y no estaríamos dispuestos a asumir riesgos demasiado duraderos para el alma y de gestión improcedente. ¿Y los preparativos? ¿Los días previos? ¿La cuenta atrás? Hoy ir a comprar los calcetines de colores, mañana chucherías por si el camino se hace largo y la maleta entreabierta, invitándote a cambiar las cosas de sitio una y mil veces si fuese necesario. De esta forma los viajes no duran cinco días o una semana, si no un mes o incluso dos, dependiendo del día que sacas la maleta y decides ponerla en un sitio que no estorbe demasiado, pero si lo suficiente para recordarte, al menos un par de veces al día, que estás ilusionado y que lo que te mantiene ilusionado no es un día en concreto, si no la espera a la que mantienen sometida a tu ilusión, esa a la que retas a medida que van pasando los días.

Preparamos de forma minuciosa las pruebas importantes. Nos compramos el escritorio más cómodo de la tienda y una silla que nos permita pasar el mayor número de horas posible preparándonos para el gran momento. Ordenamos los apuntes, los pasamos a limpio tres o cuatro veces, de todos los colores que la gama cromática permita. Repetimos los ejercicios de forma minuciosa, y los días previos al examen acudimos a clase de forma compulsiva con la esperanza de hacer todo lo que nuestro alcance nos concede. Pero… ¿Y la gente que conocemos en clase? ¿Esas personas que arrastramos a nuestro frenético paso, los que simbolizan puntos de inflexión de flexión no duradera ni determinante? Las hamburguesas entre confesiones a las dos de la mañana. Los riesgos que te invitan a dar un paso adelante, cuando invitar implica correr el riesgo de que las cosas cambien demasiado o al menos lo suficiente para volver a ser feliz de nuevo.

Porque lo que con el tiempo se recuerdan, no son las fiestas si no que esa noche llamamos al timbre  en un descuido. Porque después del tiempo lo que recuerdas, no fue dónde fuimos si no que las naves espaciales nos adujeron y pasamos las tres horas de camino muertas de risa. Porque con el paso del tiempo lo que recuerdas, no es que al siguiente, día estabas demasiado cansada si no de que era el helado o si la marea estaba baja o alta. Los besos que no se dan se pierden, y los momentos que no vives intensamente, son las oportunidades que le robas al alma de ser un poquito más feliz durante más tiempo

Y es que la vida es esa preparación que se sucede,  mientras andamos absortos en esperar a que el gran día llegue.

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